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El hogar al que tus hijos quieren regresar

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Después de casi un año de vivir bajo circunstancias extraordinarias, uno de los comentarios mas comunes ha sido la dificultad de la convivencia diaria, en familia, de hijos y padres, de esposos, de parejas, de hermanos, en general de las familias. Hay historias de todos colores y sabores, desde los que han disfrutado la cercanía hasta los que se dieron cuenta que realmente no deberían estar juntos. Particularmente como padres, ser el hogar en el que nuestros hijos quieren vivir y al cual desean regresar, porque ahí es en dónde se sienten aceptados, amados, apapachados, conocidos, valorados, sostenidos, y en donde al mismo tiempo puedan crecer y madurar, es uno de los retos más importantes de la crianza.

Vivimos en un mundo en donde como padres, es fácil perder la brújula y no darnos cuenta de que nuestro mayor objetivo debería ser ayudar a nuestros hijos a lograr su potencial a través de cultivar una relación con ellos basada en la confianza, aceptación, respeto y calidez. Si logramos enfocarnos en esto y dejar de ver lo que la sociedad nos impone, o lo que nos dicen nuestros familiares o lo que las escuelas nos exigen, entonces vamos a lograr que cuando nuestros hijos finalmente salgan a vivir su vida, siempre piensen en nosotros como su lugar seguro, como el hogar al que siempre quisieran regresar. Desearlo no es suficiente, debemos de ser y luego hacer lo que corresponde para lograrlo.

Lo primero es vernos como padres jardineros y no como padres escultores. Es decir, dejar de hacer para poder ver. Hay una actitud cultural que nos empuja a estar en constante movimiento hacia nuestros hijos. Pensamos que, si no les enseñamos a hacer cosas todo el tiempo, no lograrán hacer nada. Los vemos como un proyecto que queremos esculpir. Debemos confiar en el plan de la naturaleza, y simplemente ser los jardineros que le proveen las condiciones necesarias para su madurez y desarrollo. A su tiempo y a su manera, dándole la bienvenida al ser humano que tenemos enfrente, no a nuestra idea de lo que “debería ser”. Nuestra prisa y las ideas preconcebidas que nos inundan la cabeza, hacen que nuestros hijos no se sientan aceptados exactamente como son, desde que son muy pequeños.

Nos metemos a una carrera sin fin, en la que nos urge que de bebés se rueden, estén boca abajo, luego que caminen y se paren antes de que puedan gatear, que se sienten y se estén quietos, que hablen, que lean, que escriban. Y así, sin poder ver a nuestros hijos como únicos e irrepetibles, con un camino único de desarrollo, pensamos que, si no los apuramos y los empujamos, simplemente no avanzarán. No confiamos en que la naturaleza va a hacer su trabajo, si nosotros hacemos el nuestro. Entre más hacemos, menos los vemos.

Y cuando lo seguimos haciendo así, nuestros hijos se acostumbran a ser dirigidos y empujados. A no poder decidir nada, a no escucharse a ellos mismo, a no estar en contacto con su intuición. No logran diferenciar entre sus verdaderos gustos y expectativas, y las que nosotros tenemos para ellos.

Y no porque cumplan 18 años y su identificación dice que ya son adultos, es que mágicamente podemos esperar que lo sean. El desarrollo y la madurez son procesos lentos y únicos. No todos maduramos igual ni al mismo tiempo. Por eso, una de las tareas mas importantes que tenemos como padres es calibrar ese espacio de contención y libertad, en dónde no perdamos de vista al hijo que tenemos frente a nosotros. Un hijo que se siente aceptado querrá regresar siempre a nosotros, a su hogar.

Para lograr esto, debemos ser padres observadores, atentos y curiosos. Darle la bienvenida en toda la extensión de la palabra al hijo que tenemos. Cuando son pequeños, deberíamos pasar mucho de nuestro tiempo en observación, descifrándolos, conociéndolos. Saber lo que les gusta, lo que les interesa. No lo que nosotros quisiéramos que hicieran. Y cuando van creciendo, darles las oportunidades para que puedan probar y saber quienes son, qué intereses tienen, sin que empujemos tanto que hagamos desaparecer su interés. Entre menos intromisión nuestra, es mejor para ellos. No necesitan 10 clases de piano a la semana, si es que les gusta tocarlo. Tampoco necesitan 5 horas diarias de práctica de tenis porque dijeron que les interesaba.

Por eso, la palabra confianza es indispensable. Confiar en el plan de la naturaleza, en nuestros hijos, en sus decisiones y en las nuestras. Ser pacientes, esperar a que las cosas sucedan. No dejarnos empujar por el exterior y no dejar que el exterior presione a nuestros hijos. Nosotros somos su escudo contra las presiones externas.

En general se trata de poderles dar el espacio que necesitan, con los límites que los sostengan.  Sin duda, los límites, las estructuras, los rituales son esenciales en la crianza. Pero se trata de ayudarlos a ordenarse, no de enseñarles una lección. Y el orden viene de nosotros, los que necesitamos tener una estructura, rutinas, rituales en nuestra vida, somos los padres. Al mismo tiempo que les damos el espacio que van necesitando y que emerge de nuestra observación, amor, confianza y paciencia. Los castigos, premios, amenazas, manipulaciones, trucos, solo le pone gasolina al fuego y hace que se rompa la relación. Cuando nuestros hijos saben que la relación con nosotros está por encima de cualquier comportamiento, les da tranquilidad y ganas de estar cerca, de regresar al hogar.

Lograr transmitirles, no solo decirles, que la relación con nosotros es más importante que cualquier cosa. Que los aceptamos tal y como son, que son bienvenidos siempre. Que estamos en su corazón y ese es el hogar al que siempre pueden regresar.

Lic. Ma Esther Cortés
Asesoría en Educación y Crianza /Facilitador Autorizado Instituto Neufeld
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